Antes que sea tarde

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi


A veces uno quisiera transportarse veinte años adelante para ver como ha quedado grabado el 2020 en la historia argentina.


Al día de hoy, a casi ocho meses de aislamiento social, conviven los que están muertos en vida por el pánico, esperan ansiosos una vacuna salvadora y siguen a rajatabla los protocolos indicados como si fuera el primer día; con quienes consideran innecesario tomar alguna precaución, hablan de plandemia y se negarían con todas sus fuerzas a ser inoculados. Entre ambos extremos toda una gama variada de realidades que se inclinan hacia una u otra opción reciclando la famosa grieta, abonada por información sesgada, confusión y muchas dudas.


De todos modos, tómese como se tome este período, es evidente que no pasará desapercibido y más allá de la credibilidad que se transmita desde el poder, ha quedado claro que esta suspensión de la vida normal se trata de un hecho con más componentes políticos que sanitarios.


EL DAÑO ANTROPOLÓGICO


Hace tiempo, se acuñó el concepto de “daño antropológico” para referirse a la profundidad que adquiere la intervención estatal en las relaciones sociales y en el psiquismo humano. En nuestro país, la médica cubana Hilda Molina nos ha advertido en reiteradas ocasiones sobre este mal, testimoniado con su propia historia.


El término traspasó las fronteras y en los últimos años, el sociólogo Rafael Uzcategui lo utilizó para describir la situación que viven las personas en Venezuela bajo el régimen de Chávez y luego de Maduro.


El historiador, ensayista y profesor cubano Luis Aguilar León consideraba seis tipos específicos de daño antropológico: servilismo; miedo a la represión; miedo al cambio, falta de voluntad política y responsabilidad cívica, desesperanza, desarraigo y exilio dentro del país (inxilio) y crisis ética.


¿ESTAREMOS COMENZANDO A ESTAR DAÑADOS?


El psiquiatra Álvarez Quiñones afirma que hay daño antropológico cuando “además del deterioro social, económico y cultural en un país, hay daño a la condición humana, la persona pierde la conciencia de sí misma y no es capaz de evaluar la realidad de manera razonable e independiente.”


Una mirada retrospectiva nos puede traer a la realidad y ubiquémonos en algún día de 2019. Independientemente de las razones, ¿Hubiéramos siquiera imaginado que, por decreto, una autoridad política nos impidiera reunirnos con nuestros familiares y amigos, que se restringiera la circulación dentro del país o que no se permitiera asistir a servicios religiosos?


Visto a la distancia, resulta casi cómico que un proyecto de ley presentado hace un año considerara “trato indigno” a “toda práctica de atención al público que implique permanecer en filas con esperas mayores a 30 minutos” o “que implique permanecer en filas a la intemperie en el exterior de instituciones y/o locales comerciales” (Proyecto de Ley S-79/2019, art. 1 incs. a) y b).


Sin embargo, el miedo, hace que muchos lo acepten pasivamente y estigmaticen como antisocial o conspiranoico a quien pone en duda la razonabilidad de estas decisiones.


Quizás sea momento de evaluarnos. Ocho meses es tiempo suficiente para cambiar hábitos y acostumbrarse a una realidad antes impensada. Los mecanismos naturales que nos ayudan a evitar los conflictos se ponen en acción: lo que en un momento resultaba incómodo o desagradable, empieza a ser conocido y familiar, y por lo tanto aceptable. Como la cancioncita insufrible que oímos al inicio de una temporada veraniega que termina siendo la preferida luego de escucharla reiteradamente en todo medio sonoro.


Del mismo modo, a fuerza de costumbre lo que habitualmente era motivo de gozo empieza a perder su gustito. Gana la pereza y la resignación. Y como en la fábula de La zorra y las uvas ¡de todos modos, no me interesa tanto!


El inxilio


El aislamiento ha sido, a lo largo de la historia, uno de los más grandes y antiguos castigos, y reconocer nuestro ambiente, uno de los pilares necesarios para movernos con confianza y seguridad. Nuestra naturaleza social exige compartir y colaborar. Convivir en un espacio común, familiar a todos, nos ayuda a desplegarnos plenamente.


El neologismo de marras, utilizado para describir una de las formas del daño antropológico, aporta una gran riqueza a la comprensión de lo que sucede en situaciones existenciales como la presente. El inxilio es lo contrario del exilio. A diferencia del emigrante, que se va voluntariamente, el exiliado es echado de su lugar, es impulsado a irse, es un expatriado.


Por contrapartida, el inxiliado permanece en su lugar sin acertar a reconocerlo, se aisla y se recluye en sí mismo, impulsado por un poder opresivo. Es una forma de ser expulsado sin irse. Expulsado hacia adentro. No como una manifestación de la riqueza interior, sino del aislamiento. Incluso, hasta puede formar pequeñas comunidades de inxiliados unidos por la ansiedad ante un futuro incierto.


Es posible que aún estemos a tiempo de salir del adormecimiento. Un paseo por “los países interiores” es muy saludable, unos breves momentos de introspección para ver cómo estamos, antes de que sea tarde.


Alimentar la propia interioridad es beneficioso, pero atendiendo a que esta riqueza es siempre expansiva. Rogamos por un país sin exiliados, ni inxiliados.


Publicado en el diario La Prensa el 04-11-2020

http://www.laprensa.com.ar/495425-Antes-que-sea-tarde.note.aspx