Como girasoles y enredaderas

Por Juan Pablo Ialorenzi


Estamos en tiempos de cuarentena, los medios nos lo hacen recordar continuamente. Si bien el gobierno y tantos otros programas televisivos se esfuerzan por remarcarlo, para muchos es inevitable tomar estos días como una especie de vacaciones, y para tantos otros, el no poder salir a trabajar o realizar sus actividades habituales es un momento de preocupación. En ambos casos la situación puede desviar la mente, llevándola, por un lado, al relajo y por el otro a la desesperación.


Es bueno usar este tiempo para mantenerse activo y reflexivo, sin evadirse de sí mismo, ni de la realidad, pero tampoco caer en la desesperanza. Estos días pueden servir para ayudarnos a comprender, que, aunque las noticias nos muestren un mundo catastrófico, existe algo más que nos da una luz de esperanza.


Girasoles


Es de común conocimiento que los girasoles, como su nombre lo enseña, cada mañana se levantan y orientan su corola hacia el sol. Pero no todo el mundo sabe que estas flores hacen eso hasta cierta edad. Ahora, imaginemos por un momento, que los girasoles tienen capacidades cognitivas como las de los humanos. Los girasoles pequeños, no solo consideran necesaria la búsqueda del sol, sino también harían un esfuerzo, incluso físico, para poder mirarlo. Con el paso del tiempo, irían olvidando esa necesidad y orientarían su rostro hacia el Este. Siempre, cada mañana buscarían el oriente y por costumbre, lo encontrarían fácilmente. Dejarían de buscar el sol, aunque fuera evidente que es quien ilumina sus praderas, les permite ver a ese oriente acaparador y nutre sus raíces. Al girasol fuerte y maduro eso ya no le importa, su mirada está para otras cosas. Actos injustos si los hay. Pero puede pasar aún algo peor, se dice que cuando el sol es tapado por las nubes y sus rayos no son fácilmente perceptibles, los girasoles ya no buscan el cielo, sino que se miran entre sí. El girasol, desorientado, no sabe a dónde mirar, y es entonces cuando, sin sentir el calor solar, no encuentra otra opción que mirar a un igual. Su mundo pasa a ser el otro, la tierra y nada más.


Entendamos esta situación de otro modo. El hombre que se maravilla por la realidad que lo rodea, se conoce a sí mismo y a las cosas, y sabe que el sol, que podemos llamar como la trascendencia, o, para ser más precisos, como Dios, es quien le da la vida. Pero también sabe que por sí solo no puede encontrar un verdadero sentido a su existencia, por lo que mirar a Dios no es solo justo, sino también necesario. Por otra parte, hay quienes por razones ideológicas o por experiencias personales desafortunadas, reniegan de Dios y evitan ponerse frente a él, aún, sintiendo la necesidad de creer en algo más allá. Y, por último, tal vez el más triste de todos, con su cielo nublado, sin saber que Dios todavía está detrás de esas nubes, no encuentra nada que lo acompañe en su penosa existencia, por lo que lo único que va a tener sentido es ver al hombre desacralizado. Todo lo que es, está en la tierra, lo que no, no existe. Todo tiene sentido en cuanto sirva a los fines humanos. Inmanencia.


Quizás este hipotético girasol, con un compromiso pedagógico poco común, nos quiera estar diciendo algo. El Nuevo Testamento, según Mateo, enseña que debemos volver a ser como niños. Ser como niños y, como lo hacen los pequeños girasoles, mirar el cielo y mover el cuerpo para alcanzarlo. Ese el mayor acto de justicia que podemos cometer.


Enredaderas


Siguiendo con la “antropología” de la botánica, vamos a versar brevemente sobre el fascinante mundo de la enredadera. Quien tenga un patio con muros o una reja en su balcón, tal vez lo conocerá. La enredadera es una planta extraña, que se estira para buscar una fuente de energía, aferrándose a lo que tiene más próximo. Asienta sus bases y se prepara para seguir su camino hacia la luz. Pero ¿qué pasa cuando esta planta no encuentra una pared de la cual sostenerse? Cuando esto sucede, la enredadera, valga la redundancia, tiende a enredarse a sí misma. Sus zarcillos se aferran a sus propios tallos. Es asombrosa la fuerza con la que se enroscan entre sí formando un todo tan aglutinante como asfixiante.


¿Cómo podemos entender esta analogía? El hombre enredadera, al igual que el hombre girasol, tiende a buscar la trascendencia. Quiere y necesita entender que existe algo o alguien que le da un sentido a su existencia. Una vez que encuentra de qué aferrarse, está preparado para seguir su camino hacia una luminosidad vitalizante. Pero cuando no encuentra asidero, esa necesidad no se elimina, sino que transforma su objetivo. Esos hombres, se ven solo a sí mismos. Se enredan y se asfixian en una existencia sin sentido.


En momentos de crisis, quizás, hay una idea que debamos tener más en cuenta. Las paredes aún nos sostienen y el sol sigue iluminando.


Publicado en el diario La Prensa el 15-04-2020

http://www.laprensa.com.ar/487754-Como-girasoles-y-enredaderas.note.aspx