El laberinto y la esperanza

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi y Carlos Ialorenzi


Sobreinformación, noticias falsas, descreimiento, trolls y estadísticas. Así vivimos estos tiempos ciudadanos.


Están los que “compran” todo lo que reciben de parte de los medios clásicos y los que reciben información disidente. Muchos de buena fe, otros, con intenciones dudosas. Todo se comenta y reenvía y queda mezclado en un mar de incertidumbre. Los argentinos siempre tuvimos una propensión a ser “opinólogos”. Opinamos como si fuéramos expertos en política, economía, fútbol o educación. Ahora le tocó el tiempo a la epidemiología.


Intuición, sentimientos encontrados e inmediatez. Vivimos sometidos al estímulo y la reacción. No podemos hacer casi nada sin estar conectados a internet y aún sin hacer todo lo que solíamos realizar, el tiempo no alcanza.


La vida nos subió a un vehículo que va a 180 km por hora, sin contemplar el paisaje y sin darnos cuenta que a veces hay que disminuir la marcha o parar en el camino. Pareciera que este vértigo, nos lleva a devorar todo lo que se presenta delante y el tiempo pasa sin darnos cuenta. ¡Estamos en septiembre y casi no lo registramos! ¿Cómo quedará 2020 en nuestro recuerdo?


Más allá del debate teórico que pueda generar el concepto de salud admitido por la Organización Mundial de la Salud, no podemos negar que este no es un ambiente saludable para ningún ser humano. Y no nos referimos solo a la presencia de un virus. Incluye todo el entorno en sus características físicas, psicológicas, sociales y espirituales.


Vivir en la confusión y en el descreimiento generalizado no es sano. Hace años que vivimos en un país cortoplacista, pero ahora la proyección se reduce al día a día y las perspectivas lejos están de mejorar. Estamos girando en un laberinto y volvemos a pasar por los mismos lugares una y otra vez.


La caja de Pandora


La cuarentena eterna fue el catalizador de las desgracias ya existentes. Nadie sabe cómo va a continuar su vida, el país y el mundo. Casi podría decirse que gran cantidad de males han salido a la luz, incentivados por el miedo y la desconfianza.


Los griegos antiguos, lo hubieran explicado con el mito de Pandora. La protagonista, poseedora de todos los dones (pan = todo, dora = don) fue depositaria de un extraño objeto para que lo tuviera en guarda: un recipiente que contenía todos los males, las desventuras y las desgracias


que azotarían a la humanidad. Como es lógico suponer, la muchachita quiso ver que había dentro. Al levantar la tapa se fueron escapando, una a una todas las atrocidades hasta que, suponemos que asustada y arrepentida, la cerró y solo quedó dentro un único elemento: la esperanza.


La esperanza nunca se pierde, nos han enseñado. Sabemos que es así. Ningún organismo internacional, ni virus, ni gobierno, puede arrebatarnos la creencia en que algo mejor ha de venir.


Los griegos y la esperanza


Volviendo al mito de marras, ¿por qué se habría puesto a la esperanza - a la que todo el mundo valora como bien- dentro de una caja en la que solo había males? ¿Es la esperanza un mal o quizás no estemos entendiendo bien a que se referían?


Según relata el psicólogo Álvaro Morales, para los griegos, la esperanza era una desgracia más. Era esperar, siempre consciente de la falta de algo. Tener delante siempre un deseo insatisfecho. Ser sabedor de la persistente incompletud, con la sensación de una carencia todo el tiempo presente.


¿Y por qué habrá quedado para lo último? ¿Será por qué la pusieron primero? Seguramente ese deseo siempre anhelante de algo mejor es lo más básico, instintivo y propio que tenemos los humanos. “Es posible que para los griegos el que espera sea víctima de una maldición. Porque su espera no significa de por sí que no va a conseguir nada, pero sí que no depende de él mismo y que sus posibilidades tienen más que ver con el azar que con otra cosa. Del mito de Pandora y su caja puede desprenderse que quedarse a esperar que algo ocurra, con nada más que fe y sin intención alguna de modificar las condiciones o el ambiente, es una maldición”


A Dios rogando…


Los cristianos sabemos que el Bien al fin triunfará pero, al decir del autor sevillano Juan de Mal Lara en su obra Philosofía vulgar “cuándo hubiéramos de hacer algo pongamos delante la memoria del Señor, a quien debemos pedir, y detrás de esto la diligencia, no esperando milagros nuevos ni quedándonos en una pereza inútil; con esperar la mano de Dios sin poner algo de nuestra parte, pensemos que se nos ha de venir hecho todo”, es decir: “A Dios rogando y con el mazo dando”. No como violencia, sino como trabajo, esfuerzo y empeño para generar cambios concretos.


Es posible que estas enseñanzas puedan echar luz para sobrellevar el momento que estamos transitando, para que no nos quedemos lamentando en vano. Nuestra esperanza -la que nadie nos puede quitar- no puede relegarse a ser una pasividad ingenua. Regodearse en la carencia no lleva a nada, si no está animado –aun contemplando las limitaciones- por un espíritu de superación.


Para empezar, los argentinos tenemos, al menos, dos cosas a favor: estamos acostumbrados a navegar en aguas turbulentas y somos impredecibles.


Publicado en el diario La Prensa el 09-09-2020

http://www.laprensa.com.ar/493459-El-laberinto-y-la-esperanza.note.aspx