El problema del orden

Por Juan Pablo Ialorenzi


El ex Secretario de Estado de los presidentes Nixon y Ford, Henry Kissinger, en su obra “Orden Mundial” hace un recorrido histórico e ideológico sobre el concepto de orden internacional. Antes de adentrarnos en lo que el autor dice, son debidas algunas aclaraciones: Al concepto de sistema internacional podemos identificarlo con la interacción de los actores internacionales —algunos autores dirán que son los Estados, mientras que otros agregan a los organismos y empresas transnacionales— en función del poder y sus intereses, por lo que el orden internacional es la forma que tiene el sistema internacional en un tiempo determinado.


¿Cómo se ordena el mundo?


Allí, Kissinger afirma que “jamás ha existido un verdadero orden mundial” y que —refiriendo a los tratados de Osnabrück y Münster de 1648, conocidos como la Paz de Westfalia—, lo que hoy entendemos por el término fue concebido hace siglos en Europa sin la participación de la mayoría de las civilizaciones, e incluso ignorando su existencia. Además, las demás regiones, que también ignoraban la diversidad de realidades nacionales, se definían a sí mismas como modelo de orden.


Entre varias explicaciones, refiere a la idea del orden unitario islámico y luego profundiza en la perspectiva tradicional china, que incluso se ve reflejada en su nombre original, Zhong Guo —reino del centro—. Según Busanello, incluso luego de la caída de la última dinastía imperial y del inicio de la República China (Zhonghua Mingua) y la República Popular China (Zhonghua Renmin Gongheuo), el país mantuvo esa perspectiva.


Entonces, por el momento podemos sacar dos breves conclusiones: No solo damos cuenta de la variabilidad de dicho concepto, sino que también podemos poner en relevancia el papel que cumplen las ideas, ideologías y cosmovisiones en la práctica política.


¿Bajo qué orden nos encontramos?


Puede decirse que, actualmente, son dos las formas que protagonizan la discusión política: la idealista (o liberal) y la realista. La visión europea de fines de la Primera


Guerra Mundial, explicitada en los 14 puntos del presidente Woodrow Wilson, de respeto a la autonomía de los pueblos, se vio desdibujada cuando creció la cooperación internacional, en desmedro de la soberanía estatal. Muchos afirman que, aunque los Estados han perdido parte del poder que solían tener, pueden responder a las problemáticas globales si cooperan y delegan poder a organismos internacionales. Ahora bien, es posible que los Estados cosmopolitas logren hacer frente a situaciones comunes, pero también puede que, como señala el realista-estructuralista Kenneth Waltz, se sometan a una tiranía universal.


El especialista en relaciones internacionales Francisco de Santibañes, en “La rebelión de las naciones”, explica el asunto con claridad: “el liberalismo contiene las bases que permitirían el surgimiento del tipo de relativismo moral y de nihilismo que gobierna nuestras sociedades”. Esto llevó a las elites liberales de hoy a optar por el progresismo, sin las restricciones económicas marxistas ni la moral objetiva judeocristiana. En contraposición al idealismo, el realismo, encarnado en la creciente figura de los conservadores populares que de Santibañes analiza —entre los que se encuentran líderes como Trump, Bolsonaro y Orbán—, propugna la autonomía del Estado, puesto que los líderes cosmopolitas se han alejado de los intereses, los valores y las tradiciones de los pueblos.


¿Qué peligro se corre?


Otro académico argentino, Marcelo Gullo, con su “teoría crítica desde la periferia sudamericana”, alerta sobre lo que podríamos considerar como unos de los peligros de la excesiva delegación de poder a entes internacionales. En principio, el analista refiere a dos conceptos: las UPCAT (unidades políticas con asiento territorial) y las UPSAT (unidades políticas sin asiento territorial), siendo las primeras los Estados y las segundas las instituciones y organizaciones transnacionales e internacionales que influyen en la soberanía de los anteriores. Entre algunas de las UPSAT enseña a Amnistía Internacional, Planned Parenthood y Open Society Foundations —“la ONG que mayor protagonismo [logró] en los últimos veinticinco años”—. Estas organizaciones cuentan con el apoyo de los grandes medios, presionan a los gobiernos y cooptan a la clase dirigente para que implemente políticas públicas que respondan a sus intereses sectoriales. Otra acusación refiere a organismo como la ONU, donde “las UPCAT no son iguales unas a otras, sencillamente porque algunas tienen más poder y el principio de igualdad jurídica proclamado por el derecho internacional es, apenas, una ficción jurídica, que solo sirve a fines decorativos”.


Podemos ver que existen problemas comunes a varias o todas las naciones y que la cooperación hace capaz la superación de aquellos conflictos, pero, por otra parte, esta misma realidad pone en peligro la soberanía de los pueblos ante imposiciones interesadas e ideológicas. Por ello, el asunto no es de fácil resolución, pero siempre es bueno conocer e interpelar conceptos de otras perspectivas para juzgar e incorporar o rechazar.


Publicado en el diario La Prensa el 07-10-2020

http://www.laprensa.com.ar/494516-El-problema-del-orden.note.aspx