¡Feliz día del... ¿opresor?

Actualizado: ago 26

Por José Durand Mendioroz. Padre de familia.



Con motivo de la generalizada sensibilidad popular hacia el tradicional (y comercial) “día del padre”, y del consiguiente espacio periodístico que esta efeméride recibe, escuché por casualidad un programa radial donde la gente llamaba y decía cuál era el oficio, profesión o laburo de su padre. Me sorprendió el cariño con el cual todos se acordaban de su papá, resultando que el asunto del trabajo era más que nada la ocasión para acordarse del compromiso, de la dedicación, de la sencillez; en fin, del “amor con obras” de su “viejo”.


Luego, me llamó la atención mi propia sorpresa, ocasionada quizás por estar leyendo últimamente demasiada literatura relacionada con la ideología de género, donde la quintaesencia de la masculinidad que es el padre, es una figura sospechosa de violencia, de abuso de poder, y de incurrir en la imperdonable incorrección política de no ser indiferenciado sexualmente. Ser padre no sólo es ser varón (lo cual ya de por sí implica una presunción en contra), sino que encima, silenciosa y efectivamente, es una reivindicación de la función de la paternidad. Es que en la literatura posmoderna se habla de la “muerte del padre” o peor aún, del “sexo olvidado”. En definitiva, vivimos en medio de un vocinglerío que estigmatiza la función viril, fogoneado por un feminismo omnipresente.


Pero afortunadamente, todavía los planteos de la ideología de género no hicieron mella en el común de la gente, que sigue recordando con cariño a sus “viejos”, haciendo público el agradecido reconocimiento por la función paterna, desde la memoria del propio progenitor. De este modo se pone en evidencia un defecto insalvable de la ideología del “gender”, cual es su carácter abstracto, alejado de la humanidad concreta, lo cual en definitiva la torna inhumana.


Un ejemplo basta para ilustrar este concepto. Un postulado conspicuo del feminismo radical, es la traslación automática de la dialéctica marxista entre clase opresora y clase oprimida, a las relaciones entre varones y mujeres. De donde se derivaría que el imperativo ético de la mujer, debería ser la liberación del yugo del opresor. Nada más alejado de la realidad existencial, de la vivencia diaria de millones de mujeres para quienes evocar el “sexo opuesto” equivale a acordarse del abuelo, del hermano, de los amigos de toda la vida, de los compañeros de estudio... Las mujeres se acuerdan de su primer novio, de su marido, de su hijo, además de su padre, naturalmente. Olvidarse de la historia de su vida, inseparable de estas memorias, para reducirlas a una dialéctica opresor-oprimida, significa un reduccionismo inhumano y absurdo.


La esencia de la ideología de género es el postulado de la supresión de las diferencias de sexo, y consecuentemente, de la irrelevancia del ser varón o mujer, lo cual es irracional y contrario a la comprensión natural de la gente. Se trata de otra utopía más, de otra ideología supuestamente mesiánica, que debe imponerse a como dé lugar, acarreando miseria a los seres humanos de carne y hueso, en la medida que pone en crisis la estructura de cada persona y por extensión, de la misma familia. Esta es la causa por la cual quieren imponerla forzadamente, y es así que asistimos hoy a su infiltración en todos los poderes del Estado, lo que se suma a la manipulación “para estatal” de la opinión pública, llegándose a crear un sistema francamente coercitivo. Carácter que se ve reforzado por las cada vez más numerosas situaciones de represión estatal, bajo la “lógica” ideológica. Pregúntenle al Dr. Rodríguez Lastra.


Millones de mujeres se sienten orgullosas de su rol en la familia, de compartir sueños y preocupaciones con “sus hombres” y de pelear codo a codo el día a día. Es cierto que existen dificultades y conflictos, pero es posible superarlos juntos, en realidad ¡es mucho más fácil! Y es precisamente esta percepción de la bondad de la unión familiar, lo que da por tierra el beligerante alegato ideológico. Pero hace falta valorarlo debidamente, y también hace falta profesarlo, es decir, exteriorizarlo, hacerlo público. Oponer a los planteos irracionales, las verdades del sentido común.


Por aquello mi sorpresa por el festejo del día del padre, en realidad pareciera que se olvidaron de suprimirlo. Tal vez algún día llegue a estar prohibido. Esperemos que no, y que –comercial y todo- siga siendo otro momento más en que nos acordemos de nuestros viejos, a veces con una lágrima y una oración... ¡Feliz día del Padre!


Por José Durand Mendioroz. Padre de familia.