Habitante, ciudadano y militante

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi y Carlos Ialorenzi


El Diccionario de la Lengua Española define al habitante como a “Cada una de las personas que constituyen la población de un barrio, ciudad, provincia o nación”. Ciudadano, en cambio, es un miembro activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometidos a sus leyes.


De habitante a ciudadano


Desde hace años se endiosa a la democracia. Con manoseo terminológico la palabra pasó a ser aplicada a cualquier cosa y suplantó muchas veces al término república que era el adecuado.


Bajo este amparo nos han hecho creer que los ciudadanos tenemos el poder real y que la voz del pueblo es la voz de Dios (Vox populi vox Dei), que el pueblo no se equivoca y “que la gente ya no come vidrio”. Mientras tanto, solo cabría esperar que en algún momento llegue el político, salvador de la patria, único interprete de la voluntad del “verdadero pueblo”.


Cada dos años votamos -y a veces más de una vez en el año- elegimos en listas sábanas a personas que en su mayoría nos son desconocidas o identificamos la cara de los primeros de la lista porque los vimos en algún afiche o programa de televisión. Abundan las frases hechas y las promesas que dudosamente podrían cumplirse. Los partidos políticos se convirtieron en sellos de goma, pero como son requisito para competir electoralmente, son sellos con poder. Es así que al poco tiempo nos olvidamos de quien es depositario de nuestro voto y por ende poco le exigimos. A los líderes conocidos, elegidos por simpatía o rechazo al opositor, se les perdona todo y luego se lo justifica racionalmente.


De todas maneras, nos reconocemos ciudadanos porque tenemos la nacionalidad, con un DNI y pasaporte que lo demuestran y participamos en actos electorales.


Mayorías poco escuchadas


En la democracia, teóricamente, se da voz a las minorías pero ¿qué pasa cuando las mayorías no son escuchadas?


Hace unos días la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó la adhesión al protocolo nacional de aborto. La ley ciudadana aún no fue promulgada, pero con grandes posibilidades de serlo, aunque sea de hecho.


Se realizaron manifestaciones frente a la casa del Jefe de Gobierno, se entregó un petitorio en el que más de 700 instituciones le pidieron el veto, se presentaron miles de firmas y entidades de gran reconocimiento público (por ejemplo, la Academia Nacional de Medicina) manifestaron su repudio.


¿Verdaderamente es creíble que si la mayoría de los ciudadanos de la Ciudad estuviera informado, aceptaría la posibilidad del aborto hasta los nueve meses de gestación y que se obligue a las clínicas a realizarlos, aun contra su voluntad y conciencia?


“Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros” decía Orwell en “Rebelión en la granja”


De ciudadano a militante


Albert Einstein aconsejaba que “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Desde hace casi 75 años nuestro país es autodestructivo. Ningún observador de la política internacional, puede comprender cómo nos seguimos equivocando una y otra vez.


A nivel nacional, convivimos con gobernantes que parecen dueños de un territorio, que son reelegidos más de dos veces y sus gobernados siguen sufriendo las


mismas penurias a las que se fueron acostumbrando con altos impuestos, deficientes servicios de salud, elevados índices de inseguridad y un poder judicial desbordado y a veces complaciente.


Si fuéramos unos recién llegados a este mundo y nos mostraran las distintas formas de gobierno conocidas, el sistema republicano con tres poderes independientes que se controlan, en el que conviven mayorías y minorías, en la que los ciudadanos pueden elegir a sus representantes para que los gobiernen respetando la Constitución y las leyes pensando en el bien común, sería algo muy aceptable seguramente.


En la vida real de nuestro país, parece que esto no funciona. ¿Será que este sistema es eficaz solo cuando hay ciudadanos informados y exigentes con el cumplimiento de las promesas electorales? ¿Será que este sistema no sirve para nosotros? ¿Será que somos mayormente mal formados e irresponsables o que nos deleitamos en el autoengaño por “espejitos de colores?


Muchas veces se ha dicho que para resurgir es necesario tocar fondo. No sabemos si ya hemos llegado o falta aún más. Desde la inmediatez de la vivencia es difícil darse cuenta. Esto lo sabremos con el tiempo.


Mientras tanto, quienes creemos que un futuro mejor solo se podrá lograr respetando la vida y la dignidad de cada persona -su familia, su libertad, su propiedad- y el bien común, tendríamos que ir asumiendo que con participar electoralmente cada tanto no alcanza. No alcanza tampoco, con votar personas que se guían por una doble vara en las que la vida personal se escinde de la vida pública. No alcanza con ser simples espectadores que depositamos ingenuamente la confianza y creemos que el sistema todo lo puede. Hemos llegado a un punto en el que respetando las actuales reglas del juego sin cambiar nuestra actitud no vamos a mejorar la realidad.


Nuestro tiempo exige que evolucionemos de ciudadanos a militantes si no queremos ser habitantes esclavizados con DNI.


Publicado en el diario La Prensa el 29-07-2020

http://www.laprensa.com.ar/491746-Habitante-ciudadano-y-militante.note.aspx