Inadaptados

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi y Carlos Ialorenzi


Stephen Hawking definía a la inteligencia como la capacidad de adaptarse a los cambios. Modificarse cuando las condiciones lo piden, especialmente en un mundo crecientemente cambiante y generar soluciones adaptativas ante los nuevos escenarios, parecería un logro.


La familia, el trabajo y en general la relaciones sociales siempre exigen un trabajo de adaptación. Para convivir en armonía es necesaria una cierta dosis de flexibilidad.


Cita Nicholas Carr en su libro Superficiales, que el cerebro adulto es tremendamente plástico, puede moldearse según las circunstancias. “Las neuronas nunca dejan de romper viejas conexiones y establecer otras nuevas y nunca dejan de crearse nuevas células nerviosas. El cerebro tiene la capacidad de reprogramarse sobre la marcha, alterando la forma en que funciona”. En palabras sencillas, los humanos podemos adaptarnos a casi todo.


Lo que en los primeros tiempos de la cuarentena resultaba molesto -el uso de tapabocas, el distanciamiento social, la renuncia a reuniones numerosas o trabajar a distancia- de a poco empezó a ser un nuevo modo de vivir y son muchos los que hablan de una nueva normalidad que podría suplantar por tiempo indeterminado a la vida corriente. Se asume como si hubiera habido un corte entre lo que fue y una realidad que de pronto emergió para cambiar todos los modos conocidos. Y aunque se añoren los tiempos pasados, se podría seguir viviendo con algunas pocas libertades más.


Beneficios a precio alto


Amoldarse tiene sus beneficios. Aunque resulte en principio un esfuerzo, nadie puede negar que adaptarse a lo que hay, también es cómodo. Al menos no requiere andar explicando y excusándose por no pensar u obrar como la mayoría. Decididamente ser homogéneo representa una ventaja en un mundo que se regodea diciendo que celebra la diversidad pero no le hace la vida fácil al distinto, especialmente cuando no es tan “políticamente correcto” como lo exige el relativismo imperante.


Es cierto que las necesidades económicas, la falta de trabajo y la limitación de las libertades, entre otras cosas, hicieron que muchos salgan a las calles a manifestar su descontento, pero es pasmoso ver también la pasividad de quienes se van remodelando en parte por comodidad, en parte por resignación, en parte por un pacifismo a ultranza.


¿Y si no pasa nada?


A partir de la crisis del 2001 empezamos a convivir con un proceso de marcada destrucción social. La proliferación de villas de emergencia, la multiplicación de las ayudas y planes sociales, la gente durmiendo en las calles, los cartoneros y los manteros ganándose la vida como pueden y organizaciones civiles y religiosas que reparten comida a las personas sin techo pasaron a formar parte del paisaje ciudadano. Lo que en un momento nos asombró ya quedó naturalizado.


Pero hace un tiempo que se respira que algo grave está por llegar. No se sabe cuándo, ni cómo, pero se percibe que la situación va a empeorar y se puede provocar un estallido social. La crisis sanitaria, económica, educativa y de seguridad, conforman un cóctel explosivo, más que preocupante.


En otras épocas del país, por mucho menos, ya se hubiera echado al gobierno. Si bien la Argentina hace tiempo se tornó imprevisible, pareciera que las soluciones de antaño no tienen cabida real, ni simbólica de reeditarse.


Pero en nuestro insólito contexto también cabe la posibilidad de que la ciudadanía encerrada, empobrecida y temerosa, siga un inestable camino descendente de pauperización moral y económica hacia una “venezuelización” o “cubanización” de la sociedad. O que vuelva a expresarse nuevamente en las urnas, en el tiempo constitucional previsto, eligiendo al menos malo que le indiquen las encuestas y los comunicadores. Sin estruendo, sin ruido, y sin nueces.


¿Adaptarse es el camino?


Decididamente no. Revisemos la definición del inicio. La verdadera inteligencia está hecha para captar lo real y descubrir su orden interno. Quitemos la idea de que habrá una nueva normalidad a la cual resignificar. Hay una normalidad a la cual restablecer. Para eso es necesario discernir, separar y discriminar la verdad de la mentira. Como una luz que guie el camino de la voluntad, para poder actuar con certeza, prudencia y precisión.


Como dice el politólogo Agustín Laje en Pandemónium II, no se trata de “resetearnos”, sino de restauración. “No hay que limpiar la papelera de reciclaje sino revisar su contenido y devolver a nuestras vidas todo lo valioso que nos fue arrebatado en las últimas décadas”. La adaptación a la nueva normalidad, es el deseo de quienes usufructuando la pandemia buscan expandir en Hispanoamérica el Socialismo del Siglo XXI.


Y el autor continúa diciendo ”no perder de vista la anormalidad de un rostro enmascarado de un funeral por video llamada, del terror al amigo al pariente o al vecino, de la vigilancia constante sobre nuestros vínculos y la obsesión por la esterilidad, es condición necesaria para protegerse del reseteísmo y su nueva normalidad”.


Frente al desorden, lo inteligente y saludable, aunque resulte incómodo, es una persistente, pertinaz e intransigente rebeldía.


Publicado en el diario La Prensa el 29-10-2020

http://www.laprensa.com.ar/495189-Inadaptados.note.aspx