La “prohibición de la pregunta”

Actualizado: jul 4

Por José Durand Mendioroz


Desde el primer momento de la pandemia la OMS, y junto a ella, las instancias técnicas de los gobiernos, con el aval de las fundaciones globales y la llamada comunidad científica, construyeron un discurso al que podríamos caracterizar como hegemónico y al que naturalmente los medios le dieron un espacio preponderante. Pero convengamos que, también desde el primer momento, otros científicos pusieron en entredicho prácticamente todas las medidas adoptadas por las autoridades públicas en base al consejo de aquellos expertos. Por eso no resultó difícil para mí recopilar en los últimos meses noticias de científicos publicadas por algunos medios y redes sociales, que contradicen aquel discurso, aunque a veces en forma disimulada o poco explícita. ¿Cómo se explica que el discurso hegemónico fuese impugnado por científicos que no podrían ser tildados de “conspiranoicos o “tierraplanistas”?


Por lo pronto, cabe preguntarse sobre lo súper básico: ¿la gente infectada con Covid está recibiendo la mejor atención médica posible? Se trata de una cuestión insoslayable, ya que la vida de las personas está por encima de la economía. Siendo que personas sanas y enfermas fueron masivamente puestas en cuarentena, ocasionando un colapso económico y sanitario, la única justificación de tal sacrificio es que haya sido en beneficio de la vida de la gente, lo que incluye tanto a los infectados por C19, como a quienes padecen otras dolencias, infecciosas o no, que son la inmensa mayoría.


El episodio italiano.

Después de estudiar autopsias, médicos italianos publicaron que el virus afectaba el sistema circulatorio y que los enfermos padecían anoxia en la sangre e inflamaciones que terminaban produciendo trombosis, colapsando pulmones y otros órganos. Ante eso, modificaron los tratamientos y ¡los pacientes sanaban en proporciones que superaban ampliamente a las tasas de recuperación iniciales! Para ello se recurría a fármacos conocidos: anticoagulantes, antiinflamatorios, eventualmente antibióticos (para hacer frente a infecciones bacterianas oportunistas), y lo que resultaba más esperanzador: la gente podía ser tratada precozmente en sus propios domicilios. Fue como una brisa de aire fresco, pero que tornaba inevitable cuestionarse si a nivel global se había impuesto un tratamiento equivocado sobre la base de un mal diagnóstico ¿Se produjeron muertes innecesarias por tal motivo? ¿Las aglomeraciones en los hospitales podían haberse evitado? ¿Los sacrificios del confinamiento social estaban injustificados? ¿El discurso del miedo carecía de fundamento?


Pero estas preguntas no fueron respondidas. Cuando uno busca hoy en internet este episodio italiano, las diez primeras páginas del buscador están cubiertas por enlaces que intentan desacreditar tanto las noticias originales como aquellos incómodos interrogantes, mediante informes de “fact checkers” y artículos críticos, en proporción de veinte a uno. Los argumentos son similares a pesar de la dispersión geográfica y se notan afirmaciones equívocas. En todo caso, aquellos cuestionamientos válidos no fueron respondidos con la suficiencia que el tema merece.


Siguen los cuestionamientos y las buenas noticias.

Lo cierto es que se siguieron abriendo brechas en el discurso hegemónico: oposición de algunos gobiernos a la OMS, alegaciones sobre la estacionalidad del virus, sobre su pérdida de virulencia, sobre la ineficiencia de las cuarentenas, etc.; pero en lo que a nosotros aquí nos interesa, continuaron los “descubrimientos” de tratamientos beneficiosos para los pacientes con fármacos conocidos y accesibles: la ivermectina, la famotidina, la dexametasona, el suero hiperinmune obtenido de caballos, la vitamina C inyectable, nuestra vieja vacuna BCG, la hidroxicloroquina, y un largo etcétera. Los médicos en la trinchera, naturalmente, trataron a sus pacientes con estos avances, pero el discurso hegemónico sistemáticamente bajó las expectativas y desaconsejó toda generalización aduciendo que se trataba de “evidencia anecdótica”, ya que se necesitaban pruebas “aleatorizadas”. Es que –en definitiva– no habría una cura segura para el virus hasta que no se consiguiese la vacuna específica.


Si confrontamos estas posiciones con los principios de la deontología médica, resalta su arbitrariedad: si no existe un tratamiento seguro para el nuevo coronavirus, no por ello se ha de dejar de tratar al paciente con aquello que, de acuerdo a la ciencia y conciencia del médico a cargo, le aporte mejores resultados posibles. La penicilina y otros antibióticos nunca fueron a “ensayos controlados” y nadie sospechó que no fuesen efectivos. En segundo lugar, por la misma razón, podría afirmarse que los protocolos de la OMS y de las burocracias sanitarias, se sirven de fármacos y realizan tratamientos basados en evidencias anecdóticas. Entonces ¿por qué este negacionismo ante prácticas que arrojan mejores resultados, basadas en evidencias tan anecdóticas como las suyas?


Focalización del problema.

Desde un primer momento se dijo que la OMS, más que tratar médicamente las enfermedades de esta nueva epidemia, gestionaba en prevenir nuevos contagios. A la espera de la vacuna, toda la sociedad debía permanecer en cuarentena. Cabe plantearse, las personas con covid no internadas ¿habrán de recibir tan sólo tratamientos sintomáticos? (aquellos que combaten los síntomas, como por ejemplo bajar la fiebre y las molestias, sin incidir en los procesos que los causan). Tal parece ser, de acuerdo a varias fuentes, lo que ocurre en la etapa “domiciliaria”, ya que al testeado “positivo” se lo manda a aislarse en su domicilio. Y esto precisamente está impugnado por médicos que aconsejan iniciar el tratamiento en domicilio, al menos con lo que se indica para cualquier gripe que afecte las vías respiratorias[1]. Ello implicaría una cercanía del médico, que prescriba según la realidad clínica irrepetible de casa persona (y no el “monitoreo” telefónico que se hace ahora). Pero la razón de fondo es que si bien se trata de un coronavirus “nuevo”, no por ello deja de tener características comunes con los patógenos de la misma familia. Tan es así, que Didier Raoult sostiene que entre 40% y 70% de la población estaba ya inmunizada “por los parientes” desde antes de que comience esta epidemia”.[2]


No se pueden dejar de lado los interrogantes. ¿Por qué no se aplica profilaxis para las personas expuestas profesionalmente? ¿Acaso alguien ignora que Trump y otras personas toman hidroxicloroquina a modo de prevención? ¿Por qué existe la impresión de que se ata de manos a los médicos para tratar según su ciencia y conciencia a pacientes con síntomas severos?


Concluyendo.

No es aceptable que estos cuestionamientos “se despachen” utilizando la mayor capacidad comunicacional del discurso hegemónico en afirmar lo contrario. Cabe plantearse entonces cómo superar este estado de incertidumbre y de desconfianza. Pareciera un buen camino el método de la controversia jurídica: la discusión de acuerdo a procedimientos preestablecidos, que aseguren la igualdad de las partes en debate, con diálogos y pruebas controlados y, finalmente, que una autoridad incuestionable desde el punto de vista ético y científico dictamine fundadamente. La clave radica en que dicha autoridad no se encuentre en conflicto de intereses y/o que, de alguna manera, esté involucrada en las acciones objeto de debate.

No reclamo certeza para los postulados que subyacen a los interrogantes, sino sólo el estatus de “duda razonable”, que habilita las preguntas correspondientes y el derecho a recibir respuestas cabales. ¿O habremos alcanzado como sociedad la decadente situación donde la razón no puede iluminar los procesos más trascendentes? Ello ocurre –según Eric Voegelin- cuando el interrogar filosófico es, él mismo, puesto en duda, cuando la [opinión hegemónica] adquiere la apariencia de filosofía y se arroga el nombre de ciencia, prohibiendo la verdadera ciencia, a la que califica de no-ciencia. De allí el fenómeno de la “prohibición de la pregunta”: nos enfrentamos aquí con personas que saben que sus opiniones no pueden sostenerse tras un análisis crítico, y que por ello prohíben que se analicen las premisas de sus dogmas (Ciencia, Política y Gnosticismo).

[1] Es decir, un buen antigripal (que de paso limite el contagio a los convivientes al reducir la tos y la segregación de mocos) junto a un antiinflamatorio como el ibuprofeno y eventualmente recurrir a la inhalación de corticoesteroides. Las nebulizaciones con una molécula modificada de ibuprofeno, sistematizadas por médicos cordobeses, están dando excelentes resultados: https://www.infobae.com/tendencias/2020/05/07/como-es-el-prometedor-tratamiento-que-aplicaron-cientificos-cordobeses-en-pacientes-con-coronavirus/ [2] https://www.laprovence.com/article/sante/6005365/coronavirus-didier-raoult-explique-pourquoi-selon-lui-les-enfants-sont-tres-peu-touches-par-le-covid-19.ht?fbclid=IwAR1WIC0TBW47YxgdVCgCBWD_-K-Fx_kClY3aHwfBjdD-S09h8kMOHFejoNg El autor es abogado y docente. Exasesor jurídico de PAMI