Las series de Vikingos: de la corrección política al odio al cristianismo

Actualizado: ago 26

Por José Durand Mendioroz

La doble moral de las series “históricas”. Una de las cosas más fáciles de notar en las series presuntamente históricas y muy populares sobre “vikingos”, es su visión negativa sobre el cristianismo imperante en las sociedades con las que estos “buenos salvajes” interactuaron. La falta de escrúpulos a la hora de matar, violar, y saquear en comunidades casi indefensas, es mostrada como si se tratara de la fuerza de la naturaleza. ¿Qué otra cosa podrían hacer estos seres simples –y queribles- “determinados” por su cultura a la violencia más extrema? En cambio, las faltas morales tales como la codicia, la hipocresía y el asesinato, suelen atribuirse a personajes del bando atacado. Sobre todo con relación a sus convicciones cristianas.


No obstante, lo que resulta más complicado a los ideólogos de la industria del entretenimiento, es asumir el fenómeno de las conversiones masivas de los pueblos nórdicos al cristianismo, tal como realmente ocurrió, tanto en los países que invadieron, como en sus propias patrias de origen. Se muestra, naturalmente, que algunos líderes vikingos se bautizaron por necesidad o conveniencia, arrastrando detrás de sí a su gente. Más allá de la cuestión política implicada, que no es menor, el fenómeno específicamente religioso de la conversión es ignorado. Porque lo cierto es que la “Buena Nueva” de un Dios que da la vida por sus amigos, terminó ganando de verdad el corazón de esos pueblos, como el de tantos otros. Es que la fe religiosa, si la conversión no es genuina, no trasciende en el tiempo. No en vano dijo Talleyrand que las bayonetas sirven para muchas cosas, menos para sentarse sobre ellas.


Los migrantes del pasado. Ahora bien, una nueva serie de origen noruego y distribución internacional lleva los cuestionamientos al cristianismo a un nuevo límite. Se trata de “Beforeigners”, conocida también como “Los Visitantes”, presentada como la gran revelación de la ficción europea en el verano boreal (2019). Prevengo al lector que el desarrollo del artículo me obliga a revelar algunos contenidos del guion. Paradójicamente, la trama transcurre en el presente a pesar de tratar sobre vikingos… Por un fenómeno inexplicable comienzan a aparecer en varios lugares del mundo, ciertos destellos luminosos en el mar, tras lo cual emergen, en sucesivas oleadas, pequeños grupos humanos provenientes de tres diferentes épocas del pasado: la Edad de Piedra (8.000 años A.C.), los vikingos y el último tramo del S. XIX.


La trama intenta mostrar la reacción de la sociedad noruega ante la irrupción de estos contingentes - que no parece tener solución de continuidad- y que vienen a conformar nuevas minorías: ellos son los “extranjeros del pasado”, que suman muchos miles al momento del relato puesto que ya ha transcurrido una generación desde el primer arribo. Naturalmente, la sociedad noruega, tras recibirlos y examinarlos, los hace beneficiarios de la seguridad social y los deja vivir de acuerdo a sus costumbres, siempre y cuando acaten los valores de la democracia, en cuya cúspide se encuentra el respeto a la diversidad. Los migrantes del pasado sufren los típicos problemas de adaptación de las minorías, y la incomprensión de marginales estilo “skinhead” pero -como se verá- la intolerancia más extrema vendrá desde otro lado.


Ahora bien, como algunos nacidos en el presente no se sienten a gusto con su época, deciden autopercibirse como de otra época, dando lugar a otra minoría trans, en este caso el colectivo “trans-temporal”. Alegoría bastante directa, por cierto, aunque tengo para mí que esta “transtemporalidad” es en todo caso más entendible que el transhumanismo o el transexualismo actuales que no son para nada ficticios. Todos conocemos a personas que les hubiera gustado vivir en otra época. Lo notable es que hoy por hoy, estos trans –por la capitulación del sentido común- obtendrían en nuestra sociedad que la ley le garantice a cada familia prehistórica territorios exclusivos de caza, pesca y recolección. Y al menos una caverna.


Vikingos buenos y vikingos malos. Por lo general a raíz del “viaje” los migrantes sufren un serio stress postraumático, por lo que muchos han olvidado total o parcialmente su pasado. A los vikingos protagonistas, con quienes el espectador no puede menos que simpatizar, la visión de una cruz cualquiera en el presente, les “dispara” un recuerdo del pasado, de una batalla muy violenta presidida por una gran cruz en llamas. De este modo se van acordando que lucharon contra las huestes del rey cristiano Olav, apodado el Santo. Y en su momento, cada cual toma conciencia de que el enemigo en el pasado –y en el presente- es el cristianismo. De acuerdo a la serie, nuestros buenos vikingos lucharon en una coalición de “campesinos libres” liderada por Tore Hund contra Olav II, un rey opresor que pretendía imponerles el cristianismo y la modificación de sus costumbres ancestrales (un discurso propio del indigenismo al uso actual ¿no?). En el año 1030 libraron una batalla (la de la cruz en llamas) donde Tore Hund derrotó y dio muerte a Olav. Este sería el compresible motivo por el cual cuando en el presente estos buenos nórdicos ven una cruz, se enojan muchísimo.

La noción más elemental de historia, en cambio, nos dice que el rey Olav II intentó -efectivamente- consolidar del cristianismo en Noruega. Fue además el primero que unificó lo que actualmente es el territorio noruego, hasta entonces sometido a la influencia danesa y a la dispersión de la autoridad en un sistema de pequeños señoríos locales. Tore Hund pertenecía a una de las familias más poderosas de la península escandinava y fue un acérrimo defensor de este sistema en el cual, cabe recordar, imperaban costumbres muy injustas. Ocurrió que Tore y otros señores se aliaron con el poderoso Knut (Canuto), rey de Inglaterra y Dinamarca, quien derrotó en 1028 a los suecos y a Olav, que tuvo que huir al exilio. De este modo Knut “el Grande” se convirtió en rey de Inglaterra, Dinamarca, Suecia y Noruega. En el año 1030 Olav II regresó intentando reconquistar su reino y fue derrotado en la batalla de Stiklestad, ante la notoria superioridad del bando anglo-danés engrosado por algunos señores noruegos. En esta batalla Olav perdió la vida y si bien no es un dato cierto, es posible –al menos legítimo para una ficción- atribuir su muerte a la espada de Tore.


In hoc signo vinces”. La alegoría de la cruz en llamas presidiendo la batalla es presentada en la ficción –anti históricamente- como el símbolo de la intolerancia cristiana, ya que al imaginario colectivo le trae a la memoria las cruces que quemaba en sus rituales el Ku Klux Klan, que de ejército no tenía nada y de cristiano, menos. Es decir, en aras de una elemental coherencia, la única explicación posible de la cruz en llamas de la serie es… que la hubieran quemado los mismos paganos, que para eso… está permitido ser intolerante. Si bien Tore Hund era representativo de la vieja religión y de las costumbres de los nobles escandinavos, de hecho se alió a Knut que era un monarca cristiano, a la sazón casado con Emma de Normandía. Lo cierto es que la muerte de Olav fue asimilada a un martirio y el pueblo llano comenzó a atribuirle milagros, de modo que su tumba fue motivo durante centurias de peregrinaciones en Noruega y a posteriori, en todo el mundo de anglo-escandinavo.

Digresiones sobre la intolerancia. Volviendo a la ficción, resulta que uno de los viajeros temporales es el mismísimo Tore Hund quien, olvidado de su pasado, ha formado una familia y sobrevive difícilmente como repartidor de pizza… Pero su presencia no pasa desapercibida ya que lo reconocen, tanto sus viejos partidarios como sus enemigos y lo que es más grave, los medios periodísticos, que difunden que se encuentra “en el presente” el asesino de Olav el Santo. Así la intolerancia cristiana renace y se desata furiosamente contra el buenazo de Tore, quien se queda sin trabajo, es golpeado y acosado por manifestaciones frente a su casa. En este punto las cosas se complican un poco: en el último capítulo se produce la migración al presente ¡del mismo Olav el Santo! ¡Con la mesiánica intención de rescatar a Noruega de mestizos y paganos!


Si el antecedente para la ficción es que Tore lo mató a Olav en la batalla de Stiklestad en el año 1030, cabe preguntarse ¿cómo puede ser que vuelva del pasado después de su muerte? Y si hubiere vuelto antes de su muerte, ¿cómo pudo haber sido Tore su asesino? Las ficciones deben mostrar cierta coherencia con sus puntos de partida, cosa que aquí no ocurre. Obviamente, se avizora para una segunda temporada la lucha de los vikingos anti cristianos (¡y por eso mismo “tolerantes”!) insólitos aliados de la sociedad anticristiana; contra los cristianos, sean vikingos o del presente, pero por definición, intolerantes.

El sistema de poder posmoderno sólo es tolerante con aquello que promueve como deseable. Es intolerante, en cambio, con las familias que quieren que sus hijos reciban una educación conforme a sus valores morales, con las personas que critican la ideología de género, con los niños por nacer, con los excluidos, por citar sólo algunos ejemplos relevantes. La muestra más acabada de la hipocresía política actual es la “apropiación” de la bandera de la tolerancia por parte de aquellos cuyo objetivo real es la reducción de la población mundial en beneficio de unos pocos. Dicho esto, a veces, algunas expresiones culturales “paraestatales” e informales –como las que se analizan en estas líneas- nos dejan la clara percepción de que a los cristianos nos tienen identificados como el enemigo. En definitiva lo que es intolerable para un sector hegemónico del mundo moderno es que los cristianos queramos edificar una sociedad en la que los valores evangélicos se tornen cultura.