Libertad vs. comodidad

Por Carlos Ialorenzi


La tecnología y el consumo nos invaden. La vida en las ciudades nos expone al marketing publicitario que nos impulsa a actualizarnos día a día. Es así que tendemos a renovar nuestros equipos electrónicos con mayor frecuencia de la que lo hacíamos hace unos años. Nos compramos el nuevo modelo de lo que ya tenemos y nos apasiona utilizar las mejoras o las nuevas funciones de los últimos diseños. Lo deseamos y también nos sentimos obligados. Nuestro viejo modelo ya no puede actualizar el software para seguir funcionando, o los repuestos son tan caros que más vale comprar uno nuevo.


Si bien, esto es bueno para la industria y el comercio ya que genera ingresos y producción, por otra parte provoca que los consumidores inviertan más horas de trabajo para reponer cosas que ya poseían.


El mundo tecnológico también nos lleva a seguir incorporando claves y usuarios a nuestra memoria y renovarlas periódicamente. Nos pasamos gran parte del tiempo contestando y reenviando mensajes o tomando infinidad de fotos que a lo sumo veremos un par de veces, si las volvemos a ver.


Hasta para hacer una llamada telefónica estando en la calle dependemos de nuestro teléfono celular. La realidad es que casi no existen teléfonos públicos ni locutorios. Si no la opción que queda es pedirle a alguien que nos preste el suyo para poder efectuar la llamada.


Los trámites que antes se hacían en forma manual, cara a cara, solo pueden realizarse por medios digitales y a distancia, aunque el empleado encargado de recibir el mensaje esté muy cerca nuestro.

Pagamos productos y servicios con un "plástico" o a través de la red.


Seguramente si tuviéramos que sacar solamente efectivo de nuestro bolsillo, lo pensaríamos un poco más o desistiríamos de la operación.


Marshall McLuhan sostenía que el medio es el mensaje. O sea que es el medio en sí mismo lo que nos cambia la forma de actuar y de ver el mundo y no su contenido.


UNA VIDA MÁS CÓMODA


La mayoría de los cambios apuntan a la comodidad, a la practicidad y a la seguridad. Prometen facilitarnos la agitada vida ciudadana. De este modo, ya no tenemos que andar consiguiendo cambio en monedas, o correr riesgos de andar con efectivo encima.


Por ejemplo, para pagar un viaje en tren, en subte o en colectivo, dependemos de la tarjeta SUBE (Sistema único de boleto electrónico) que, por otra parte, al principio era gratis y ahora tiene un costo significativo.


Dicho sea de paso, no parece justo que un turista o alguien que no reside en la Ciudad de Buenos Aires, se le presente como única alternativa adquirir esta tarjeta. Debería coexistir la posibilidad de pagar con dinero argentino cualquier servicio. Además a cualquiera le puede pasar quedarse sin saldo y no estar en una zona en donde poder recargarla.


Mas allá de estos pormenores, la mayoría de los usuarios valoramos la comodidad que nos brinda la vida en la ciudad, y la elegiríamos ante otras opciones. De a poco resignamos libertad por comodidad. Un ejemplo muy concreto se evidencia en las tendencias actuales respecto de los medios de pago.


UN MUNDO SIN DINERO EN EFECTIVO


Hay una marcada tendencia mundial al no uso del dinero en efectivo. Sobre todo en los países desarrollados, el uso de los medios de pago electrónicos es lo más frecuente.


A principios de año, el banco central europeo (BCE) ha dejado de emitir el billete de 500 Euros, mientras que nuestro país tiene como billete de mayor denominación el de $1000., que equivale al día de hoy a unos escasos 16 dólares estadounidenses.


Países como Suecia, Dinamarca, Noruega, Holanda y el Reino Unido son grandes exponentes de esta tendencia. En Suecia la mayoría de los comercios no aceptan dinero en efectivo y las transacciones con este alcanzan al 1% de los pagos y Dinamarca ha sido el primero en establecer el año 2030 como fecha límite para su uso.


El dinero en efectivo nos otorga privacidad y quizás mayor libertad, aunque también nos expone ante los delincuentes y los falsificadores.


Los estados en su afán de controlar la evasión impositiva y el lavado de dinero proveniente del narcotráfico, también saben en qué gastamos y como obtenemos nuestros ingresos.


Parece que la globalización todo lo puede y nuestros países van perdiendo su identidad y sus valores en un mundo que se rinde a sus mandatos.


Creo que es un deber de los hombres libres saber elegir y no aceptar todo lo que los globalistas nos quieren imponer haciéndonos creer que todo lo que hacen es bueno y que inexorablemente tendremos que aceptar.


Vale la pena recordar lo que alguna vez expresó el ex Secretario de Estado de EE.UU. Henry Kissinger: Controla los alimentos y controlarás a la gente; controla el petróleo y controlaras las naciones, controla el dinero y controlarás el mundo.


Publicado en el diario La Prensa el 26-09-2019

http://www.laprensa.com.ar/481183-Libertad-vs-comodidad.note.aspx