Los enfermos de COVID 19 ¿reciben el mejor tratamiento?

Por José Durand Mendioroz





A esta altura de la pandemia permanecen muchos interrogantes sin resolver. Tal como la conveniencia o no del aislamiento severo por el que han optado la mayoría de los gobiernos. Si estamos ante una enfermedad estacional que requiere un tratamiento corto; o por el contrario, que no tiene fecha de vencimiento y que cambiará las conductas de la humanidad para siempre. Si la manera de informar sobre la plaga ha provocado pánico en la población, potenciado por una continua apelación a un “estado de guerra”. Ya se sabe que la dialéctica propia de la guerra trae consigo la división entre amigos y enemigos; lo que por consiguiente genera las subcategorías de héroes, tibios, traidores, etc., lo cual a su vez alienta el “discurso único”, las delaciones, la intolerancia al disenso, etc. Esto nos lleva a una sociedad insolidaria, donde la mitad del país que tiene el sueldo asegurado pide mantener el confinamiento, mientras la otra mitad, que si no labura no come, clama por la apertura. La misma sociedad que aplaude –a la distancia- a los profesionales de la salud y que al mismo tiempo les manda mensajes mafiosos para que abandonen el vecindario.


Pero lo más importante es dilucidar si a los enfermos se les está brindando el mejor tratamiento posible. No me refiero a los enfermos en general, porque a nadie le cabe la menor duda de que en la presente “situación de excepción” no se los está atendiendo bien.


No, me estoy refiriendo a los casos sospechosos o diagnosticados de COVID 19, los cuales deberían ser objeto de atención prioritaria. Clemenceau decía que la guerra es un asunto demasiado grave para confiárselo a los militares; también una pandemia es un asunto demasiado grave para confiárselo a los médicos o a las corporaciones farmacéuticas. Pero más allá del exabrupto de Clemenceau, que no simpatizaba con los militares, lo que dijo es verdad: las guerras, las epidemias, la economía, están relacionadas con el bien común porque afectan al conjunto de la sociedad, por lo cual deben resolverse en el ámbito de lo político, sin perjuicio –claro está- de tener en cuenta las recomendaciones técnicas pertinentes. Caso contrario, la democracia es reemplazada por la tecnocracia.


No podemos ignorar que existe un discurso predominante que se manifiesta intolerante al disenso. Pero no es un discurso único, afortunadamente. Algunos medios receptan las voces del disenso, emanadas de gente calificada, que de otra manera quedarían confinadas a la difusión en las redes sociales. Nos enteramos casi a diario de fármacos o prácticas beneficiosos para el tratamiento de los enfermos en muchos hospitales del mundo, que no estaban indicados en los protocolos de la OMS. Sin embargo, inmediatamente las buenas noticias son relativizadas, alegándose que se trata –a lo sumo- de “evidencia anecdótica” por no estar avalados por “pruebas controladas aleatorizadas” y en consecuencia, no se aconseja la generalización de su uso. Eso a pesar de que las vacunas más antiguas y beneficiosas para la humanidad se utilizaron sin previas pruebas aleatorizadas.


Teniendo en cuenta que el infectado con síntomas tiene una ventana de pocos días para mejorar espontáneamente o deteriorarse en forma dramática, es como si se relativizara el mérito de quien –no siendo guardavidas habilitado- se tira al agua para salvar a una persona que se está ahogando. Aquí se produce la divisoria de las aguas, en palabras de Raoult: Hay personas que se han vuelto locas con el método, con el hecho de que todo es investigación, lo cual está desconectado del hecho de que tenemos que saber si las personas son portadoras o no, no es investigación, es la práctica de las epidemias, y cuando las personas están enfermas, deben ser tratadas con los medicamentos que existen, que sabemos que no son tóxicos. (…) Entonces estamos ante un verdadero conflicto de la práctica médica. ¿Qué es lo que hacemos, práctica médica o investigación? Lo primero que hacemos no es investigación, sino la práctica médica. Mucho mejor si llegamos a aumentar nuestro conocimiento a partir de esta práctica, de esta nueva epidemia, pero el objetivo que tenemos nosotros, los doctores, no es hacer investigación, sino curar a las personas, y estoy bien ubicado para decirlo, ya que he hecho mucha investigación en mi vida. Nuestra primera preocupación es curar. (…) Querría que el Consejo del Orden se pronuncie sobre la limitación existente a la capacidad de los médicos de juzgar, por ellos mismos, sobre la terapia que son capaces de prescribir, con moléculas que son tan antiguas, tan conocidas y tan fáciles de utilizar. Hoy tienen prohibición de prescribirlas. Esto es un ataque muy profundo a la base de nuestra profesión, que es el de prescribir, en función de nuestro nivel de conocimiento, el mejor tratamiento posible al enfermo que tenemos enfrente nuestro, es la base misma de la práctica médica” [1]


Esta renuencia al diagnóstico inmediato y masivo, muy propia de nuestro país, así como al tratamiento inmediato con los medicamentos disponibles (más o menos extendida en el mundo), sumada al exceso de demanda de los particulares (impulsada por la dinámica del miedo) posiblemente sea la explicación al temor de la sobrecarga de los sistemas de salud.


De acuerdo a mi limitada experiencia, en la Argentina el “disparador” de la internación sería un conjunto de síntomas sumados al estado febril. En cambio, si no hay fiebre, se indica tan sólo el aislamiento, al igual que a quienes hubieren estado en contacto estrecho en el ámbito familiar o laboral con el “diagnosticado positivo”; recomendándose evitar la automedicación. Lo que en la praxis equivale a no recibir medicación alguna. Es decir, no se proporciona un tratamiento inmediato, sea preventivo, sea adaptado a una etapa temprana de la infección, tal como propugna Raoult, sino a partir de la internación con fiebre. Quizás para muchos sea tarde.


Luego, ¿en la Argentina se le da a los médicos la debida libertad de elegir el mejor tratamiento de acuerdo a las necesidades del paciente? pudiendo optar por medicamentos de uso compasivo y/o tratamientos basados en “evidencia anecdótica” ¿o están atados a los protocolos de la OMS? Al fin y al cabo es preferible curarse con un tratamiento innovativo, que morir con un antiviral “protocolizado”. Y en esto, el pueblo quiere saber de qué se trata.

[1] https://www.youtube.com/watch?v=HrJBppuSEmk&feature=youtu.be La transcripción de la entrevista traducida al castellano, puede leerse en LA CONSTRUCCIÓN DEL PÁNICO para la Gobernanza Mundial, Germán Sarlangue, ed. digital gratuita (6/5/20), a partir de la pág. 71, recuperado 19/5/20 de: https://gloria.tv/post/ioh84dasnMuW1kTNtJpfxkQ2X


El autor es abogado, docente, exasesor jurídico de PAMI.

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