Los mansos

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi


A las personas comunes nos enseñaron desde chiquitas que no es bueno pelear, que los conflictos se resuelven dialogando, que la violencia engendra más violencia y que hablando se entiende la gente. Es cierto. Además, sabemos por experiencia que la fuerza bruta y las imposiciones nunca llevan a buen puerto.

Mansos y tranquilos


Así es, que podemos entender que la mansedumbre es una virtud que nos permite vivir en armonía y en paz. Una bella virtud, como decía San Vicente, que hace que nuestra existencia transcurra con suficiente equilibrio, superemos los conflictos y limemos las asperezas que se generan en el contacto con otros.


La mansedumbre, aliada de la paciencia, busca convencer y no vencer. Los mansos piensan, dialogan y reaccionan con respeto y ternura.


¿Quién no goza, con la sola idea de compartir un diálogo tranquilo, amistoso y empático con su familia o entre amigos?


Los mansos son tolerantes, inclusivos y saben que la existencia transcurre entre una multiplicidad de grises, por lo tanto, saben perdonar los errores y los agravios recibidos. El argentino promedio entiende que esta es una buena forma de vivir en sociedad y trata, o al menos pone la intención, de ser pacífico, porque lo concibe como un ideal a seguir. Aún en un mundo convulsionado como en el que vivimos, la mayoría sigue deseando vivir una vida, sin grandes sobresaltos, trabajar, estudiar y cuidar a sus afectos.


¿Cómo pacificar sin paz?


Desde hace años venimos escuchando que nuestro país necesita pacificarse y cerrar grietas. Paradójicamente no solo se abren nuevas, sino que las que estaban, se profundizan. ¿Pero es posible pacificar sin buscar la paz?


Por momentos el caos social parece que se “acomoda”, se le da un buen marketing, se imponen leyes y decretos y vivimos suficientemente ajustados a la anormalidad. Pero a poco de profundizar sabemos que no es orden, sigue siendo caos, maquillado.

Agustín de Hipona comienza el libro XIX de la Ciudad de Dios diciendo que “es tan singular el bien de la paz, que aún en las cosas terrenas y mortales no sabemos oír cosa de mayor gusto, ni desear objeto más agradable, ni finalmente podemos hallar cosa mejor”. La verdadera paz es un bien deseable y es un estado activo hacia una sociedad más justa. No es la quietud del cementerio. Es tranquilidad en el orden. Por lo tanto, no hay paz si no hay tranquilidad, como tampoco la hay, sin orden. Y no parece que estemos en camino a lograrla.


De la paz al pacifismo


En los últimos tiempos hemos visto que en nombre de la tolerancia se ha sido muy intolerante con quienes defienden los valores tradicionales; en nombre de la igualdad, grupos prepotentes consiguen privilegios, en nombre de la inclusión se llegó a la dictadura del relativismo y se usurpó el nombre del pueblo en unas pocas manos de poderosos. El todo vale, termina siendo que nada vale. Que nada tiene valor objetivo y todo depende cómo se arma el relato.


En la búsqueda de la paz, los mansos terminaron, no pocas veces, cayendo en una especie de quietismo. Y entonces hubo quienes comenzaron a callar para no herir, para no ofender, para no resultar intolerantes ni ser etiquetados como fundamentalistas. Con buenos modos, soportaron casi todo, por no ser políticamente incorrectos. Más de una vez, de sus buenas intenciones surgió una mezcla insulsa de resignación e indiferencia. “Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada” sentenció Edmund Burke, célebre frase a la que Martin Luther King expandió en señal de advertencia “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.


Cuando la parodia de paz se yergue a ultranza, se trasforma en pacifismo y los ideales se dejan de lado, con tal de que las aguas no se revuelvan. Una cosa es ser manso y tranquilo y otra muy distinta ser pacifista.

La justa ira


La mansedumbre no es debilidad ni cobardía, por eso que la ira haga también su aparición ante lo que está mal, no solo es natural, también es justo.


Es verdad que como decía Aristóteles es sencillo enojarse, pero hacerlo de forma adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente no resulta tan sencillo. Nada sencillo, pero imprescindible. De otra manera, se termina siendo cómplice de la injusticia.


Está llegando el momento en que alguien diga a viva voz que en este mundo de grises también existen el blanco y el negro, qué hay cosas que están mal, qué no todo es integrable, asimilable y compatible, que la realidad es lo que es, más allá de que cada uno la perciba como quiera, o como pueda. No todo es lo mismo y los relatos no pueden ser más poderosos que la realidad.


Está llegando el momento en que los mansos gritarán como Tulio Ciceron en la Primera Catilinaria “¿Hasta cuándo Catilina, continuarás poniendo a prueba nuestra paciencia? ¿Cuánto más esa locura tuya seguirá burlándose de nosotros?”


Publicado en el diario La Prensa el 03-09-2020

http://www.laprensa.com.ar/493205-Los-mansos.note.aspx