No somos colectivos

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi y Juan Pablo Ialorenzi


Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, gran filósofo y poeta latino romano, allá por el siglo V, definió a la persona como una sustancia individual de naturaleza racional, es decir, un todo unitario, completo, que tiene como aspectos fundamentales la individualidad y la subsistencia.


De esa época al día de hoy hemos atravesado cambios sociales y políticos, cambiaron costumbres, cambió la vida cotidiana, la estructuración de las comunidades, la valoración de determinadas actitudes y un largo etcétera, pero la naturaleza humana no ha cambiado en lo profundo: seguimos siendo "sustancias individuales de naturaleza racional".


SOBRE LA DESINDIVIDUACIÓN


La tradición clásica occidental nos ha enseñado la importancia del individuo, como un ser intrínsecamente digno capaz de orientarse, por medio de la virtud, hacia un Bien superior. Llegada la modernidad, con la dialéctica cartesiana, entró en vigor la duda sobre la realidad, el hombre pasó a ser el fundamento último de la verdad y con ello se abrió paso el individualismo.


Por otra parte, la tradición oriental se encaminó hacia otros lugares. Allí el individuo no es más que un reflejo de un todo superior y su perfeccionamiento importa en cuanto afecta a la sociedad en su conjunto. El pensamiento oriental aniquila al ser individual en su anhelo de unirse al todo.


Comenzada la era contemporánea, con las ideas del individualismo asentadas en la sociedad y traducidas a teorizaciones políticas, en un errado intento por volver a la metafísica clásica, surgen en Alemania pensamientos símiles a los panteístas, en donde el hombre perdió el valor que lo había caracterizado siglos antes. Inspirado en esas ideas -donde el ser es, en cuanto es contradictorio- Marx lleva las características del ser al plano social, político y económico. La vida pasó a ser lucha entre colectivos sociales enfrentados.


Años más tarde, con las crisis mundiales del siglo XX, el existencialismo terminó de desligar al hombre de su esencia, con consecuencias que no viene al caso explicar en esta oportunidad. En los tiempos que corren estás ideas no solo siguieron vigentes, sino que se configuraron como doctrinas políticas.


Teniendo este breve repaso histórico, podemos ver por qué en la actualidad hay filosofías que propugnan a un hombre alejado de su naturaleza. Desarraigado de la realidad y obligadamente encasillado en un colectivo que se adjudica la representatividad de cada uno. El concepto marxista de clase, inspirado en las ideas del alemán Hegel, confluye con las creencias orientales, donde el individuo no vale por sí mismo.


SERES SINGULARES Y SOCIALES


Se nos ha dicho muchas veces que somos únicos e irrepetibles, que todos somos diferentes, desde nuestro ADN hasta nuestra personalidad, no solo para alimentar nuestra autoestima, sino para reconocer lo evidente, aunque no lo hagamos consciente, cada día.


También sabemos que somos seres sociales. Necesitamos de los otros y nos resulta imprescindible entrar en interacción con el medio. Nuestro contexto, hasta cierto punto nos moldea. Pero siempre entre esa tensión: singulares y con otros. El desarrollo pleno del hombre es en comunidad, organizado políticamente, enlazado afectivamente, pero sin perder su individualidad.


En los últimos tiempos, el concepto de "colectivos" penetró en los medios y en el habla cotidiana: el colectivo de los obreros, el colectivo de las mujeres, el colectivo de los intelectuales. Un colectivo va más allá de ser un conjunto de personas aliadas por intereses o problemas comunes. Es un impersonal que borra las características individuales. Es un derivado del concepto marxista de clase. El "colectivo" no tiene rostros, no tiene responsabilidad, ni culpa. Pertenecer a un colectivo es fundir lo propio en una masa común, donde lo compartido es lo definitorio. El resto se borra. No se atiende a individualidades -como arboleda no atiende a si son pinos, araucarias o sauces-. Aunque los miembros del colectivo sean en realidad un conjunto de individuos personales, su profundidad parece diluirse, fusionarse con un todo despersonalizante.


LUGAR DE PERSONALIZACIÓN


Tanto la ideología izquierdista como el liberalismo progresista, que ve en el hombre un monarca absoluto de sí mismo y coadyuva al marxismo cultural, atacan a todo agente que salvaguarde la dignidad de la persona individual, capaz de ser social y determinada por una realidad objetiva. En esta lucha la familia es el primer blanco. Tiene un lugar central como agente personalizador y personalizante por excelencia, protege al ser humano del individualismo (ser uno solo, en soledad) y de la masificación (ser uno más, en soledad) y lo ayuda a que logre ser "la mejor versión posible de sí mismo", encontrándose con otros. Por eso, no es casualidad que quienes apoyan la conceptualización de "colectivos" atenten también contra la familia.


Publicado en el diario La Prensa el 23-07-2020

http://www.laprensa.com.ar/491487-No-somos-colectivos.note.aspx