Sordos ruidos oír se dejan…

Por José Durand Mendioroz

Durante el obligado paréntesis del aislamiento social que nos toca en suerte, resulta no sólo conveniente sino también necesario reflexionar sobre cosas importantes. Quisiera dirigir estas líneas también a quienes no tienen una opinión definitiva. Todavía resuenan los ecos del discurso del Presidente Fernández en la apertura de sesiones, en el que convocara en forma estridente a legalizar el aborto. Desde entonces, en el Congreso sordos ruidos oír se dejan preparando una reiteración del debate de 2018. Debate que, como la vez pasada, va a involucrar una división distinta de la sociedad. Han pasado más de veinte meses desde aquella definición del Senado y está bastante claro que hoy tampoco se mantendrían los parámetros “normales” de la grieta argentina. Con esto quiero decir que la sociedad quedará escindida transversalmente: tanto en el interior de los sectores de altos, medios y bajos recursos, se verificará la división entre los partidarios de las dos vidas y los del aborto.


Existe una convicción generalizada acerca de la humanidad del embrión… humano. Y de que por ello existe el mandato moral de no dañarlo. Para algunos ese mandato no admite excepciones, para otros sí. En cambio, constituyen sectores muy radicalizados, y por lo mismo marginales, los que sostienen que el aborto es un bien en sí mismo. Porque la inmensa mayoría de las mujeres sabe que hacerse un aborto “no es como ir a comprar la leche al supermercado”, como se dijera con mucha verdad. El mito de que “aborto” es idéntico a “libertad de la mujer” (aborto = libertad) es desmentido por la realidad de muchísimas mujeres que son presionadas a abortar por las circunstancias más variadas. En la mayoría de los casos, la libre opción de la mujer pasa por disponer de la contención, y de los medios para criar a su hijo.


En tanto, el argumento de la “personalidad progresiva”, postula que el ser humano durante su etapa embrionaria no es plenamente persona, que la “personalidad”, y por ende la protección de la sociedad, se va adquiriendo progresivamente, en etapas, hasta lograr la “plenitud” de la propia conciencia.


Pero, aun dejando de lado el que la práctica del aborto no da lugar a gradualidades (ya que si se realiza, una vida deja de existir en términos absolutos) cabe preguntarse ¿quiénes programan el “personalómetro”? Pues… los que tienen el poder para hacerlo. Los peores crímenes de la Historia se cometieron precisamente cuando se disoció el concepto de ser humano del de persona. Cuando se consideró que determinadas categorías de seres humanos que –según el personalómetro al uso- no alcanzaban a ser “personas”, podían ser degradadas en sus derechos e inclusive exterminadas. Todo queda en una cuestión de poder político, sin que exista respeto por ningún límite moral, o el reconocimiento de algún derecho indisponible para los que detentan el poder. En fin, el argumento destinado a acallar la conciencia pequeño burguesa de quienes sostienen que la vida que se elimina no cuenta porque no se trata de una persona “completa”, es el principio de justificación de las peores aberraciones.


El argumento de la salud pública no termina de convencer a quienes recuerdan que existen decenas de causales de muerte materna más importantes que el aborto, sobre las que poco o nada se hace. Además los protocolos de interrupción “legal” del embarazo son aplicados con tal desmesura, que el aborto clandestino se ha convertido en algo absolutamente marginal. Lo anterior tiene que ver con otro argumento que a mi criterio, es la motivación política principal de toda ley de aborto. Que es la supuesta “necesidad” de reducir nacimientos, sobre todo, entre el tercio de la población que se encuentra en la pobreza. La que -para peor- tiene la tasa más alta de natalidad. Cabe preguntarse entonces: necesidad ¿para quiénes? Esto nos lleva a la Geopolítica, más precisamente a la Política Demográfica global que propugna la reducción de la población de los países periféricos y dentro de estos, de la población indigente. La periferia de la periferia. Una cuestión de mera utilidad para quienes se arrogan la dirección del destino del mundo. Lo cual se traslada como preocupación a los ámbitos nacionales, ya que el crecimiento exponencial de los pobres los va a convertir en algún momento en dueños del país.


Entonces, las razones profundas de los distintos estamentos sociales para la legalización del aborto son distintas y hasta incompatibles. Sobre todo para quienes no piensan en solucionar las causas de la pobreza, sino en suprimir un efecto: que tengan descendencia. Pues ¿cómo se compatibiliza esta imposición política con la reivindicación de la libertad que sostiene el feminismo? ¿Qué libertad existe cuando la salud pública y la propaganda incentivan el aborto, y al mismo tiempo obstaculizan la contención a la madre y hasta los cuidados más elementales de su salud?


Quienes defienden las dos vidas en los diversos estamentos sociales están más cerca de comprender esto. Aunque subsisten prejuicios en algunos, que no se interesan en la parte social, en el fondo está claro que hablar de la defensa de las dos vidas implica –necesariamente- la efectiva cobertura integral de las necesidades básicas de todos, en todas las etapas de la vida. Me ilusiona pensar que, tras las reiteradas invocaciones a la unidad de los argentinos, los sordos ruidos que oír se dejan, no sean los de la preparación de un debate inútil, sobre una cuestión que divide y que no es prioritaria, sino que se conviertan, como el estridente clarín de la batalla de San Lorenzo, en el llamado a una nueva empresa: la de construir una comunidad inspirada en la fraternidad.



Una versión resumida de esta nota fue publicada el pasado 21 de marzo en El Tribuno de Salta con el título “El aborto y la pobreza”. Enhttps://www.eltribuno.com/salta/nota/2020-3-21-0-0-0-el-aborto-y-la-pobreza

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