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Un hipopótamo amarillo aterrizó en la terraza de mi casa ubicada en el subsuelo

Por Myriam Mitrece de Ialorenzi



La inteligencia es la capacidad que tenemos los humanos de captar la realidad y comprenderla. La subordinación de la inteligencia a la verdad de la realidad es la base del conocimiento. Si así no fuera, todo saber carecería de sentido y sería literalmente imposible.

Además, que la realidad existe más allá de nuestra percepción, es una evidencia con la que nos topamos cada día. El sentido común, del que hemos sido dotados, al decir de Chesterton, en estos tiempos es "el menos común de los sentidos". Conocer lo que se nos presenta, desde nuestra modesta parcela, y aceptar que más allá de nuestros deseos hay una realidad inagotable y verdadera que nos supera, nos permite comunicarnos, dialogar, negociar, entendernos, discutir y atender a otros puntos de vista que pueden enriquecer al nuestro.

Si preguntamos a cualquier ciudadano de a pie como diferenciaría a un loco de un cuerdo, seguramente aludiría a un sencillo parámetro: el loco vive en su mundo, inventa su realidad, no razona. Cuando la realidad "se despega" de la verdad, estamos en problemas. Y cuando esta separación se convalida socialmente, lo estamos aún más.


¿Cómo hemos llegado al punto de que una norma pueda estar por encima de la realidad evidente?, ¿el deseo de una realidad diferente determina la realidad misma?

El deseo como parámetro del ser Una de las leyes paradigmáticas de la perspectiva de género es la 26.743 promulgada en 2012. Allí se define a la identidad de género como "la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento". Siguiendo esto, toda persona tiene derecho a obtener documentación y ser reconocida, por otras personas y por las instituciones, de acuerdo con el sexo autopercibido y solicitar la modificación de su apariencia o función corporal a través fármacos, quirúrgicas u otros. La documentación anterior debe ser suplantada por la nueva.

De acuerdo con la norma "se es" aquello que se autopercibe. La idea crea la realidad. ¿Cuál sería el límite si trasladamos la "idea creadora", no solo al género del individuo sino a otros aspectos de su existencia?


Ser madre es cuestión de volutad Hace unos días, en un fallo inédito, una jueza de familia determinó que la bebé obligada a nacer por una cesárea prematura, en Tucumán, no pudo ser inscripta como hija de quién la dio a luz porque se trató de "una persona gestante sin voluntad procreacional".

La magistrada argumentó: "Esa beba, producto de ese abuso, fue una persona. Entonces había que definir cómo se inscribía. Ahí hicimos toda una valoración basada en la perspectiva de género. (La nena) no ha tenido intención de maternar, por ende, no podía figurar como progenitora en el acta". Se inscribió a la bebé, con un nombre y apellido común.

La ciencia moderna llegó a comprobar que mientras el embrión recorre las trompas de Falopio hacia el útero (antes de la implantación) se inicia un "diálogo" molecular entre la madre y el hijo; y el cerebro de la mujer cambia estructural y funcionalmente por la mutua comunicación, aunque ella no sepa que está embarazada. Sin embargo, desde la perspectiva de género una mujer que da a luz un hijo no es madre porque no tiene la voluntad de serlo, negando un vínculo biológico constatable científicamente.

¿Cómo hemos llegado al punto de que una norma pueda estar por encima de la realidad evidente?, ¿el deseo de una realidad diferente determina la realidad misma? ¿Es lícito obligar a otros a participar de la propia percepción subjetiva de la realidad, aunque sea desfigurada?


No se salva ni Aristóteles Según la resolución 1463 del Consejo Provincial de Educación de la Provincia de Neuquén, emitido el año pasado "...de no ser por el sistema de pensamiento occidental, hegemónico, colonizante y minorizante que impera en las valoraciones y juicios acerca de las sexualidades y las corporalidades, no habría un sistema sexista tan efectivo. Este tiene como una de sus raíces el pensamiento filosófico griego y en particular la lógica aristotélica". Aclaramos que el texto se refiere a principios lógicos de identidad (algo es idéntico a sí mismo) y de no contradicción (no se puede ser algo y no serlo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto).

Continúa diciendo, que estos principios "han dominado el pensamiento occidental, siguen dominando nuestra manera de analizar la realidad. el pensamiento a partir de los principios de la lógica clásica aristotélica obedece a un posicionamiento androcéntrico y europeizante acerca de la constitución del campo del saber. Pensar las subjetividades como una construcción social significó un antes y un después en los desarrollos de las teorías feministas".

Desde esta perspectiva, tendríamos que romper con las categorías de la lógica clásica. El pequeño detalle es que Aristóteles no inventó la lógica. Puso en palabras como razona normalmente un ser humano. Cuando la ideología totalitaria de género pone la "verdad construida socialmente" delante de la realidad, nos recuerda al carro desquiciado avanzando delante del caballo. Encerrar al individuo en su propio deseo lo aísla. Si el diálogo no se cimenta en la búsqueda de la verdad, solo quedan monólogos alternados.

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