Una cuestión de actitud

Actualizado: mar 18

Por Myriam Mitrece y Carlos Ialorenzi



Muchas veces escuchamos esta frase. Parece que todo radica en la actitud que tomemos hacia la realidad, más que las condiciones que la realidad misma ofrece.

Por eso, creemos que nos vendría bien un breve análisis sobre las actitudes, con una aproximación algo teórica, para después bajar a la tierra de nuestra existencia cotidiana y comprender por qué nos comportamos socialmente como lo hacemos.


UNA MIRADA TEÓRICA

Este tema fue unos de los privilegiados de la psicología social durante varias décadas y hoy es un espacio en el que convergen distintas ciencias sociales.

Lo primero y obvio que podemos observar es que toda actitud se refiere a algo, tiene un objeto. Las actitudes no son generalizadas ni abstractas, si bien cada una se va interconectando con otras y terminan siendo componentes de una determinada forma de ser que le dan los rasgos característicos al modo de vivir de cada persona.

Dentro de los parámetros de una teoría clásica, las actitudes se encuentran compuestas por tres elementos: un factor afectivo -que apela a la emoción, a lo que se siente, a la remanida cuestión de piel-; un componente cognocitivo -lo que sabemos, conocemos y nos informamos sobre el objeto en cuestión- y un elemento conductual -la acción.

Recién con este último aspecto la actitud se evidencia y se manifiesta en una conducta. Lo que por el momento era interior, se expresa hacia los otros y nos muestra en marcha.

¿Qué pasa entonces cuando estos tres factores no están alineados o no son congruentes? León Festinger, allá por la mitad del siglo pasado nos ofreció una teoría explicativa: "La existencia de disonancia en una persona, puesto que es psicológicamente incómoda, le motivará a que intente reducir la disonancia y llegue a la consonacia"; o sea, no nos resulta cómodo sentir, pensar y actuar incoherentemente.

"Cuando existe disonancia en una persona, ésta, además de intentar reducirla, evitará activamente situaciones e información que probablemente incrementarían la disonancia", es decir, dejamos de informarnos, enterarnos de lo que no nos gusta. Bloqueamos la conciencia, nublamos el entendimiento, hacemos como que no pasa nada y nos volvemos insensibles.


BAJAMOS A LA TIERRA

¿Esto puede explicar por qué muchas veces no reaccionamos con vigor ante lo injusto y lo falso? Es momento de sincerarnos sobre que sentimos y de abrir la mente para no engañarnos a nosotros mismos. Ponerse en acción es una decisión que por lo general implica salir de la comodidad, asumir responsabilidades y riesgos. Cambiar también suele hacernos salir de la zona cómoda. Pasar a ser un protagonista y no un simple espectador. Es también asumir que uno puede transformar una realidad que no le gusta.

Muchas veces dejamos las cosas para mañana o esperamos a que otro las haga. ¿Es que realmente no nos interesa o que no logramos entender la importancia de una respuesta urgente?

Quizás la vida moderna y rutinaria que solemos tener en las grandes ciudades, nos haga ver lo cotidiano como algo seguro y controlado. El confort y la practicidad que fuimos adquiriendo con los adelantos tecnológicos quizás nos hacen ver que casi todo lo podemos tener al alcance de la mano. Como si nuestros trámites, ideas, luchas y hasta las relaciones personales se circunscribieran a ejecutarlas o expresarlas en la pantalla de una computadora o de un celular, elementos que para muchos ya forman parte inseparable de su humanidad. Es cierto que nos ayudan, pero la vida no pasa solamente por ahí, también es necesario poner el cuerpo y el alma.

El derrotismo y el relativismo son dos factores que afectan nuestra capacidad de reacción. Derrotismo que deprime nuestra voluntad y relativismo que deja sin objeto a nuestra inteligencia. Cuando no se tiene en claro lo que está bien y lo que está mal, cuando todo da lo mismo, cuando se cree que todo está perdido y que lo único que podemos hacer es quejarnos dentro de nuestra casa o a través de las redes sociales, o ser simples espectadores de cómo nos van empobreciendo y dominando, corremos el riesgo ser unos simples esclavos.

Con más comodidades que los de antaño, pero esclavos al fin.


COHERENCIA

Quizás sea tiempo para la coherencia. Una vez resuelto, qué sentimos y qué pensamos, tenemos que asumir otros roles para mejorar el presente y darnos cuenta que podemos ser ciudadanos activos y no simples pagadores de impuestos que creen que emitir un voto periódicamente es todo lo que se puede hacer.

En los libros de historia encontramos seres humanos que lo han logrado. También en las ciencias y en las artes existen ejemplos que nos pueden orientar.

El tiempo es ahora, sino, como decía Gabriel Marcel: "Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive".


Publicado en el diario La Prensa el 11-02-2021

http://www.laprensa.com.ar/498960-Una-cuestion-de-actitud.note.aspx