Vivir como parásitos

Por Juan Pablo Ialorenzi


La reciente premiación de la película de Corea del Sur Parasite nos acerca hacia una cultura poco conocida en nuestro país. Este acontecimiento, sumado a la creciente popularidad de expresiones artísticas como el k-pop, la difusión de textos como los del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, del literato japonés Haruki Murakami o del novelista tradicionalista Yukio Mishima, enmarcado por un contexto político en el que China, según cómo se mida, se configura como la primer o segunda potencia económica, junto a distintas corrientes religiosas o filosóficas de moda, pone en relieve la gran influencia que el oriente de Asia está teniendo sobre nuestra cultura occidental.


Reconocer la existencia de un modo cultural diferente es una forma de indagar sobre los sentidos de lo propio, y, si se quiere, de mejorarlo. No toda cultura tiene el mismo valor que otra, pero de cada una se puede rescatar lo bueno. En palabras del filósofo mencionado: "Lo distinto, lo que no es como nosotros, lo extraño, no constituye ya una amenaza, un riesgo, sino una oportunidad para aprender y crecer". Con Parasite se logra tratar, desde una mirada asiática, una problemática tan nacional como global, al fin y al cabo "todos vivimos en el mismo país".


Ganadora del Premio Oscar a mejor película, de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, del Globo de Oro, entre otros, Parasite versa sobre la historia de una familia de bajos recursos, los Kim, que manipula a otra económicamente acomodada, los Park, para sacar provecho. Lo curioso es que el enemigo del pobre no es el rico, sino otro pobre. El pobre es la competencia y el que orina en la puerta. El egoísmo se muestra como una de las ideas clave, a tal punto que la búsqueda de progreso y el ventajismo puede llevar a una familia tanto a estafar, como a desinteresarse por respirar el veneno de una fumigación, o a ignorar a quienes se encuentran en la misma condición de desesperación.


SIMBOLOGÍA


La simbología utilizada por el director Bong Joon-ho es muy clara. Cuando enfoca al pobre, la cámara baja, cuando lo hace con el rico, la cámara asciende. Los pobres viven en sótanos lúgubres, los ricos suben largas escaleras para llegar a habitaciones iluminadas por grandes ventanales. Ambos se rechazan, pero se necesitan de un modo parasitario, el pobre quiere dinero, el rico quien haga sus cosas. Pero, independientemente de las situaciones de desigualdad, el largometraje se esfuerza por mostrar un alto grado de deshumanización generalizada. Los pobres corren y se esconden como cucarachas y los ricos viven sin abrazar a sus hijos. El ermitaño que venera al señor Park por sus logros es un símbolo. Se muestra a una sociedad que busca el progreso económico a como dé lugar, pero ¿qué pasa cuando lo alcanza? Más allá del deber de cubrir las necesidades básicas, ¿el dinero nos hace más humanos? Tener dinero no es malo en sí, pero no hay que olvidar que es solamente un medio, su valor radica en el fin.


En un principio la narrativa parece querer enseñar que no hay ni malos ni buenos. En el fondo todo es cuestión del grado de libertad que da la necesidad de supervivir. Los pobres se reconocen como egoístas y ven al rico como amable: "Son amables porque son ricos. Si yo fuese rica también sería amable", dice la madre en la icónica escena del living -curioso que en el sector de la casa en donde se vive comiencen los problemas, la vida del pobre se muestra como constantemente tensa y enajenada-, mientras los ricos ven solamente sus necesidades. Se ve a una familia atormentada y otra totalmente fuera de la realidad.


Sobre la supervivencia


Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio afirma que, ante la atomización de la sociedad, lo único que queda es el propio yo. La vida se reduce a la mera supervivencia, ignorando toda teleología, toda finalidad por la que uno debiera vivir. Pero este modo de existir, que califica como demasiado vital como para morir, pero demasiado muerto como para vivir, se vuelve autorreferencial mientras se vacía de sentido. El hombre vive en una inmanencia absoluta.


La posmodernidad introdujo un completo subjetivismo, que elimina la posibilidad de diálogo, fragmentando así a la sociedad. El hombre ya no está en el acierto o en el error, ahora se convierte en el contenedor de la verdad.


Es cierto que el paradigma capitalista, hasta cierto punto, respeta la digna libertad de la persona, pero llevado a su extremo, mantiene la existencia en un individualismo inmanente. Esta sociedad del rendimiento no busca nada externo al yo, pero tampoco se ocupa de cuidarlo.


El parásito busca mantenerse vivo sin importar cómo. No se preocupa por hacer de la existencia algo que merezca la pena ser vivida en su sentido más profundo. No ve al otro más que como medio. No se hace responsable de perfeccionar su naturaleza, se ocupa solo de satisfacer sus funciones vitales y de sus placeres más primitivos. Los parásitos son tanto los Kim que se aprovechan, como los totalmente dependientes Park.


Publicado en el diario La Prensa el 05-03-2020

http://www.laprensa.com.ar/486316-Vivir-como-parasitos.note.aspx